blog de ricardo arce

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A R C E F A L Í A

miércoles

Catalina


La otra tarde de mayo
le lloré a Catalina,
le berreé a Catalina
¡No te vayas!
no como lo hizo abril
y la lluvia de tizne
y lágrimas
por la caña
de azúcar quemada
cielo quemado
y sin Catalina
sin abril
y sin tardes.

Maldita tú
que resbalaste
por el sendero
con la barriga llena
y los ojos contentos.

Y yo la vi como se ven
los borrachos
con la mirada en el sueño cristalino,
los gatos pudieron encimarse
y llorar
como los árboles despeinarse de hojas
muertas y rojas,
pero sólo yo la vi beber de un ginebra sucio
de palabras
sucio

de maldiciones
sucio

hasta la esperanza fallida
hasta la promesa de un poema que no
nos hizo justicia,
porque supimos Catalina
que éramos borrachos felices y nada más,
porque
qué otra cosa puede ser el silencio.

Te lloré fuerte, pero igual,
prendí el televisor
y comencé a olvidarte.

Y mientras llueve
la niña se despide del
bullicio de la televisión
colores apresados a la voluntad
del ocio

los dinosaurios caminan
sobre las calles como si
anduvieran entre los mares
sostenidos apenas
de los faroles que les dicen
la próxima parada del bar;
ron y medias lunas
lunas enteras
disfrazadas de chamanes,
sus babas se pierden
entre el vómito del cielo que
le ha dado mareo comenzar
a escuchar rezos

sólo la niña que mira por su ventana
comprende que el llanto de la noche
se ha perdido
y ve también su rostro de cocodrilo triste
en cada relámpago


llueve afuera

como si fuera importante

jueves

Y si las palabras
no entraran
por una ventana sin cortinas
ni nubes
ni espacios azulados
con libélulas en el
aire,

sin servirse solas
entre hielo y vodka barato
a hurtadillas del humo
silencioso
humillante,

sin posarse desnudas
y satisfechas
entre las rejas
de un cuaderno de primaria,

sin maldecir
o decir la verdad
o la tragedia
muerta de risa
llanto
o lo que sea
que sea la vida,

sin estar encadenadas
a la obesidad de
una veintena de dedos
que no saben
andar entre piernas
y cicatrices
como tampoco hablan
con mudos necios
que arrastran
entre sus harapos sucios
palabras verdes




viernes

Deberían verme morir

los viernes de quincena

cuando las mascotas salen a pasear
a sus dueños

cuando los camiones se detienen en fondas

de 24 horas

con las luces intermitentes del cielo

en espera del alto total,

marcar a la izquierda

pedir café con aspirinas

energéticos para el sueño
y milagros para
la muerte
o la esperanza
que es lo mismo
cuando digo sí a ti

así nomás
con las ganas de morir
y no ser asesinado
por el tiempo
y su rutina.

lunes

Tengo la lengua cruda
seca
verde
mohosa
de tanta palabra ciega


me han disparado por la espalda
todas las miradas
de mis enemigos
aún así me escuchan
me abrazan
y me dejan entrar a su casa

para hacerle el amor a su ventana
para hacerle el amor al televisor
para hacerle el amor
y quedarse callado

con la piedad del silencio
con el tiempo sacudiendo las cortinas

por eso tengo en los ojos piedras
y sed
por eso cargo conmigo tres
perdones arrastrando
los zapatos

y en mis manos sólo cabe
el odio del mar

un día atrás el cocodrilo
se miró al espejo
y corrió bajo la cama

no es cierto
no es cierto

tengo la lengua cruda
de tanta palabra ciega

mis enemigos me han abierto
las piernas
y yo le hago el amor
al tiempo que no es arena

este cocodrilo
viene a muerte
con los huesos de río

se mira en el espejo
se mira en el espejo

y no entiende

por qué
llora.




viernes

Nocturno de una noche


Afuera

hay un espantoso demonio

que intenta engañarme;

su traje marrón

su cigarro cobrizo

su tiempo de oro puro,

su silencio tranquilo,

afuera hay un espantoso

demonio

que babea las piernas

más discretas,

que nos mira dilatado,

con su corazón dilatado

su frío delatando a los huesos,
con su demente posdata
“saludos cordiales”,
su firma chueca
por sus dedos gordos.

Afuera,
como si existiera algo importante,
algo de qué hablar
de qué zapatos calzar
y demostrar,

como todos
una sonrisa corriente.

Yo soy de esos
que así
entre rinocerontes
y delfines blancos
escribimos un nocturno
y al final
explicamos porqué.

miércoles

Serenata


Y afuera me cantan
los muertos o los grillos
o lo gatos,
o el terrible
sonido de los motores
que se apresuran
a un destino envidiable,
con televisión que habla
con acrobacias
y amor
(porque qué otra cosa
no puede ser el amor
si no una mentira
que se transmite por televisión),
así afuera
la noche promulga su testamento,
un día que Marcela
cantó lágrimas y berreos
sobre una ventana que
moría por dentro.

Te amo, dijo
como queriendo convencerse
de ello
sobre la grasa que le formaba
otro cuerpo
dentro
otro cuerpo,
como suspiro.

Ella lo abrazo
como si abrazara a una roca
o a un árbol
y uno esperara
que recibirá amor
y no raspones en la cara.

Se besaron con los ojos cerrados
apretados
forzados a la imaginación
de un pintor
o un diseñador gráfico,
forzados a permanecer así
para siempre
o para lo que dure el espectacular
de esa carretera.

martes

crónica de un instante

Se sienta en la mesa
se mira las uñas de las pies,
parecen pequeñas paredes viejas
a las que se les cae
poco a poco
la pintura de las esquinas,
voltea la mirada a sus manos,
cualquiera pensaría
que nadie ha abierto
la piel
o ha tirado
de algunos cabellos
rubios
hasta enmudecer a unos labios
rojo sangre,
con ellas.

Hace mucho que no lo hace
y prueba un poco de ese recuerdo
de sus uñas con los dientes,
(apenas un trocito).

El viento golpea las ollas
y parecen las campanas de
un camposanto,
rezos que no alcanzan a entrar
a las tumbas
de los pecadores.

Un perro ladra
y otro contesta,
ahí queda la discusión
por un minuto.

Roberta
dice que se llama,
y escupe su nombre
junto con el
diminuto
pedazo de uña,
no se han muerto los niños
ni los gatos
ni los perros,
mucho menos las olas
de los vientos,
acaso apenas
es un momento
en que una mujer se
sienta a ver sus uñas
de los píes y recuerda
a una muchacha
que se llama Roberta.

lunes

entre paréntesis

Debo de hacer un paréntesis en mi ordinario e intrascendente y brutal trabajo (lleno de adjetivos e irregularidades) (más no nunca destinatario) para darle paso a las palabras que no tienen lugar en esta novela de destino cotidiano.

Ofensivo debe ser entonces que he hallado un lugar en donde esconderme, un espacio no mayor al metro cuadrado donde si a mal de toda guarida, además de carecer de espacio, comodidad y esperanza (a través de la historia se ha comprobado que no existe escondite en la tierra que resguarde la suficiente confianza como para pertenecer ahí hasta a la eternidad), es de uso público y almacena olores fétidos.

Convenzo todos los días a la razón para desguarecer la ira, el enojo y mantener el salario quincenal y poder terminar de pagar la televisión de cuarenta pulgadas, el exsbox, el blurey con sus pagos mínimos a seis meses, porque además de todo es temporada de caza electoral y las cabezas rodando se encuentra. Entonces, no debo de gritar ni de empujar, porque de tanto eso se me puede salir un pedo, o quizá pierda el empleo y con él, la única seguridad social que dice que no moriré mañana de hambre (porque todo hombre puede vivir con nostalgia más no con hambre).

Me aguanto pues (como los machitos) para no quejarme y decir que sí a todo. Pero yo no quiero todo, yo sólo quiero poder sentarme a escribir mi novela, que mi columna en el periódico regrese, que se publiquen mis cuentos por otros lares y no, la verdad no quiero caerle bien a la gente (eso ya lo superé), me acepto tal cual; inepto y con uso cotidiano como repelente social (odiosito pues). También acepté editar y corregir un libro de memorias (me pregunto por qué, pero me acuerdo del blurey y del exsbox y así) y la moral está con la frente en alto; digo, hace cinco años trabajaba en un 7Elven, sé que no puede ser peor a eso, lo peor sería regresar a esos trotes (y eso me da cús-cús).

Tons digo; “sí, yastá”, “sí, voy bien, pal fin ya la tienes terminada”. Y esa madre re cara que compré ni sé usarla y según la compré para aprender a boxear (de a jotito) y ponerme bien mamado (más jotito). El paréntesis va para otros enunciados, unos que sólo aquí, se dictan solos.

Cámaras latentes